Comelibros

El_ojo_bibliotecario

Quién hubiera imaginado que en la profundidad de un bosque puede existir una biblioteca. Es más, una biblioteca diminuta, hecha de hojas y cortezas… pequeños estantecitos acumulan el conocimiento de generaciones de hadas.
Sí, hadas. Resulta que mirando la película “Tinker Bell y el secreto de las alas” se viene a descubrir un poco más sobre cómo es el mundo pequeño de las hadas. Sorprende cuando muestra cómo viven y cómo está estructurada su vida. Así dicho parece que se da por cierto lo que se muestra, pero es obvio que cuando el espectador decide ver una película de animación para niños, puede hacer dos cosas: o maldecir, o dejarse llevar por la historia. En la serie de películas dedicadas a Tinker, es interesante el modo ingenioso en que los creativos tradujeron las instituciones sociales a la versión hada.

Tinker
Tinker Bell (o Campanita para los lectores de más años), necesita encontrar información sobre el significado del comportamiento de las alas porque algo extraño  ha ocurrido con las suyas, y para ello recurre a la biblioteca. Revisa las estanterías en la sección correspondiente –porque la biblioteca está debidamente ordenada temáticamente- y encuentra el libro que necesita: con forma de mariposa, tapas celestes y letras doradas anuncian el título y el autor.
Pero algo inesperado impide la lectura: las páginas finales del libro están tan agujereadas que es imposible leer. Entonces Tinker levanta la vista enojada y encuentra al culpable y rechoncho gusano, el “comelibros” que huye a la primera oportunidad.
He aquí el doble juego, para nosotros un “comelibros” o “tragalibros” es alguien que lee afanosamente, pero reducido al pequeño mundo de las hadas, el sustantivo se carga de un sentido literal. El gusanito demuestra que está en la biblioteca desarrollando un interés gourmet más que intelectual.
Este personaje representa lo que padece cualquier biblioteca. Una que se precie, tiene una fauna propia. Variedad de insectos viven felices en un ambiente ideal. Una colección de libros conserva calor, los recovecos de las encuadernaciones y de las estanterías ofrecen espacios resguardados para la vida y, como apoteosis, está íntegramente hecho de celulosa, alimento básico de los insectos. En resumen: se trata de vivir en una casa que se puede comer hasta el hartazgo. ¡Un paraíso!
Por eso son famosas y temidas las polillas, que en estado larvario socavan túneles en los libros y en los muebles de madera. También los pececillos de plata y las cucarachas hacen sus estragos, los diminutos ácaros, termitas, ciertos escarabajos, y la lista sigue. Y sólo hablamos de insectos, porque también se deben incluir roedores y hongos a la serie de organismos que pueden afectar una biblioteca.
La lucha contra estos seres es tenaz cuando se habla de conservación en las bibliotecas, pero su presencia es natural en los estantes. Estos bichitos “comen” tanto papel con su información contenida que quizá resulten ser los seres más sabios. Quién sabe… es una lástima que no podamos hablar con las polillas…

Más información sobre insectos en bibliotecas:
http://www.cienciahoy.org.ar/ch/hoy35/insec01.htm

Afiche (1)

 

 

 

 

 

Ficha técnica
Tinker Bell, secrets of the wings, 2012
Walt Disney Pictures
Directores: Roberts Gannaway y Peggy Holmes

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