¿Recuerdas a los bao-babs?

Logo_Rincon2Era una nena de ocho años cuando la maestra decidió sorprender nuestra clase trayéndonos, según ella, un “libro extraordinario”. Fue leyéndolo por capítulos al final de cada jornada, porque decía que ese era “nuestro momento”, el más feliz del día. Empezó un lunes y ya el jueves desistió de su cometido. Sí, tres días después, todos estábamos dispersos, charlábamos en voz alta, molestábamos al silencio, sentíamos total desinterés hacia su librito.

Yo había comentado en casa que la maestra nos leía un libro para chicos en el que no se entendía nada. Una boa se comía a un elefante pero el dibujo parecía un sombrero, un príncipe vivía en un planeta pequeñísimo en el que solo entraban tres árboles bao-babs, y un zorro le daba consejos; realmente aburrido e inexplicable.

   Tenía dieciseis años -estaba en cuarto del secundario- cuando cayó a mis manos un libro extraordinario, se llamaba “El Principito” y era la obra maestra de un aviador solitario, Antoine de Saint-Exupery. Una inquietud personal por encontrarle sentido a la vida me hizo apreciar la obra en su magnitud, ¡hablaba de tantas cosas!… Un zorro daba consejos a un niño príncipe y le decía que lo esencial era invisible para los ojos. El niño vivía en un planeta, donde casi no entraba nada a diferencia de los gigantes bao-babs. Estos árboles, ¿representaban, acaso, sus pensamientos buenos o malos? En tanto, el príncipe sólo se afanaba por cuidar una sola rosa, como si ese fuera el cometido febril de su destino. Así, todo logro o toda preocupación se proyectaba en aquel mínimo planeta. Aún hoy releo partes de este libro de cabecera, y siento que nunca es tarde para detenerme en sus fundamentos de búsqueda. De búsqueda, ¿de qué?, de la sabiduría del bien vivir -me digo-.

Así se mueve y es, la obra literaria: “una oportunidad”, sólo para apreciarla en el momento necesario. Se lee lo que conviene, cuando conviene, a la edad y circunstancias que uno necesita encontrarse con esa lectura. Cuando la palabra que se tiene en el cerebro o la idea que se lleva en el corazón es poca para definir la complejidad que es nuestra vida, hay que apelar al complemento de las palabras de otro autor para hallar respuesta.

La literatura nos lleva a dormir en los mares del ensueño y nos hace despertar en nuestras propias elocuencias. ¡Nada más ni nada menos!… Y siempre hay algo para contar y siempre, pero siempre, hay alguien que necesita “escucharlo”.

De: “El lenguaje es un problema espiritual”

Derechos autorales reservados: Nora M. Sielas -libro en proceso-

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